Apego desorganizado

Un montón de criaturas en su canasto, a medio maternar, están formando una escandalera que apenas me permite avanzar en esto que quiero componer. Todos berrean para captar mi atención en una hoguera estridente e insoportable. Y soy consciente de que si estuvieras aquí, conmigo, no oirías sino el piticlineo de estas teclas que pulso a la velocidad que me permite el modo alerta de mi cuerpo. Fuera, todo es calma y viento. Sí, en el sureste puedes experimentar ambas cosas a la vez. Pero aquí dentro, donde la atención pugna por tejer mensajes con texto o por atender a estos bebés hambrientos y sedientos, no hay tregua.

Todos esos retalecitos son diferentes, y cada uno reclama mis atenciones para fines distintos: uno hace pucheritos para que esconda sus cabos; otro llora desconsoladamente para que lo una con una costura que le prometí que le haría con un hilo precioso; otro me exige que, de una santa vez, le bloquee y le haga hueco en mi armario; y otros, directamente, reclaman desesperados que no los dé por perdidos, y que les deshaga y vuelva a empezar.

No busco un diagnóstico ni estrategias para que esto no vuelva a pasar. Porque va a pasar de nuevo, antes o después. Yo ya lo sé.  Mi perfil de apego, a juzgar por la manera en la que me relaciono con los pequeños, es ligeramente desordenado: ahora te quiero y no te suelto, pero también te quiero a ti; y sin ti, en esta mañana triste, no puedo vivir; y, si yo pudiera, dejaría de ir al trabajo por hacerte un ratito más de compañía; y, ahora mismo, es que no te soporto y que te me quites de delante porque no puedo ni verte.

Que me perdonen. Que todos sean indulgentes con esta madre tejeril atolondrada y sin responsabilidad emocional maldita que hoy no sabe hacerlo mejor y con la versión de hace dos semanas que se había comprometido con acunarlos a todas y a cada una de las florecidas criaturas en este mundo material.

Ellos saben que siempre vuelvo, pero hacerlos sufrir así no tiene razón de ser. Entre las millones de cosas que me quedan por aprender está la de decir no. No a dar fechas que no puedo cumplir, no a simultanear tareas que llevan tiempo, energía, paciencia. No a arrastrar la creencia de que se pueden hacer varias cosas a la vez. ¿Cuántas veces la realidad te ha contado la verdad y tú te empeñas en desafiarla? Fuerte madre esta cabezota.

Qué decepción esta, siempre intentando atrapar al mismo aprendizaje. Esto me pone tan, tan triste que necesito algo de consuelo, así que…

Voy a dejar que las maripositas de mi alma aleteen con esta pieza nueva, a la que le llevo dando vueltas desde hace semanas. Me tiene completamente enamorada. Cada día negocio minutos para acunarla en mi regazo y darle el cariño que demanda porque me lo devuelve multiplicado.

Toda esta nueva experiencia me está resultando una delicia: la trama sencilla, la suavidad de la fibra, la progresión de los colores que se van construyendo a medida que va creciendo el tejido, el cuidado y la claridad en las explicaciones del patrón. Es como un hijito primoroso recién nacido cuya belleza no podría verse eclipsada por nada.

Precisamente me enfoco en este retoño porque me conecta con una porción de belleza de la que apenas había sido consciente hasta ahora. De la que soy consciente mientras descubro que voy anudando el arco iris puntada a puntada. Dime que esto no es pura magia.

Y es que tejo, también, para sentirme parte del mundo de la creación, de esa chispa divina que todos albergamos dentro. Qué júbilo cuando todas las condiciones se alinean y crean un instante sublime. Cuando lo experimentas, es casi imposible apartarse. Supongo que esto pasa a niveles astronómicos con la maternidad en mayúsculas, la que se desempeña con humanos.

Así que a todos mis vástagos, sin excepción, les digo que, si bien puede no tener sentido para ustedes esto que cuenta su mamá locuela, ojalá comprendan que este parón no es sinónimo de malquerencia o abandono. Que solo es un desvío para el nuevo impulso. Y que en nada retomaremos, para cada uno, los arrumacos que reclaman para completarse hasta ser lo que han venido a ser.