Landeroterapia

 

I

Mi memoria es muy quebradiza, como lo está siendo mi pelo en estos últimos meses, pero, si no recuerdo mal, creo que han pasado por mis manos dos novelas y media de Luis Landero: Una historia ridícula (2022) y La última función (2024), de la que me quiero ocupar en este espacio acongojante; la lectura sesgada fue la segunda que cayó en mis manos: El huerto de Emerson (2021). 

Me gustaría aclarar que la razón por la que abandoné ese título, y no él a mí, fue la misma por la que dejo un montón de cosas: soy presa fácil de los miles de estímulos a los que me someto y permito que me llenen de ruido. Si a veces me ocurre con las personas, imagínate con los libros: con tantas voces queriendo captar tu atención, una muchas veces acaba desmereciendo lo verdaderamente valioso.

No sé cómo ha pasado, creo que es casi un milagro, pero entre tantos bocinazos, he vuelto a dejar que Luis Landero (L. L., en adelante) ocupe mis horas solitarias, y mi conclusión es definitiva e inquebrantable: quiero volver siempre. No sé si la siguiente que deje posar sobre mis manos será, de nuevo, El huerto, que no soltaré hasta que no me deje atravesar por todas y cada una de sus páginas; o seleccionaré otra diferente, tengo donde elegir: Juegos de la edad tardía (1989), Retrato de un hombre inmaduro (2009) o Lluvia fina (2019), entre otros. Solo sé que después de la escogida irá otra, la que toque y, luego, otra. Lo que he leído de él me resulta tan estimulante como un post-it pegado en la nevera con una frase entusiasta o un paseo a la orilla de la playa. A lo bueno, a lo casi medicinal, siempre hay que volver. Y yo volveré. Y tanto que sí. Deja que te cuente por qué.

II

La última función acoge en 224 páginas una novela con corazón y distribución propia de obra teatral: divide su contenido en dos actos y estos, a su vez, en capítulos (que vendrían a ser las escenas de un texto dramático). El primero acoge once capítulos; el segundo, ocho. Si eres lector habitual, puede que creas que, con 224 páginas, estamos ante una obrita que te merendarías en dos tardes, acrecentando tu listado de lecturas anual y, con ello, tu “ferocidad” lectora. Pero no te dejes engañar… Este autor es imprevisible: parece fácil, asequible, pero…, cuando menos te lo esperas, puedes verte atrapado por su prosa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Constantemente. Y no me refiero a que sea engorroso o pedante o críptico. No. Al contrario. Te abduce y te conduce del modo más inopinado a profundizar más y más en los múltiples niveles de lectura que, sin duda, están ahí para que los explores.

La novela contiene diecinueve capítulos. La cifra media por capítulo es de unas doce páginas, aproximadamente. Más que digerible, ¿verdad? Esto es un paseo, pensarás. De nuevo, ¡error! Digamos, como la nueva era de profesionales de la alimentación, que estos capítulos presentan una densidad nutricional bastante considerable. Sí, nutricional.

La división en dos actos, además de realzar, como ya indiqué antes, el carácter teatral de la obra en la forma, indica un giro en la trama: una especie de recentramiento y dirección hacia el objetivo que tienen los narradores de esta historia, que es compartir la hazaña que da título a la obra que nos ocupa.

III

Esta es la historia, relatada y rescatada por un grupo de veteranos del pueblo de San Albín, de cómo Tito Gil, el protagonista, organizó una gran obra de teatro que involucró a todos los vecinos con el fin de salvar el lugar de su inexorable despoblamiento. Con ese propósito, rescata una obra de teatro (Milagro y apoteosis de la Santa Niña Rosalba, de autor desconocido) que le inició en la actuación y le permitió desplegar su pasión por el mundo dramático, el arte y la poesía siendo muy niño, cuya vocación ha mantenido durante toda su vida.

Durante el transcurso del relato, los narradores van construyendo, ladrillo a ladrillo, las personas y los ambientes que rodean y precipitan la consecución del objetivo que se han propuesto. Cuidadosamente, el autor va modelando, como si fueran escenas de una obra dramática, cada uno de los capítulos para contarnos quién es Tito desde su niñez, quiénes son las personas que lo comienzan a acompañar en su andadura por el camino artístico… Pero L. L. no se ciñe solo a presentarnos al protagonista principal; simultáneamente, nos presenta en paralelo a otro personaje importante que avanza, en apariencia, sin rozar a Tito Gil. Así es como transcurre este primer acto: dos almas aisladas compartiendo nuestra atención en capítulos impares y pares, respectivamente, sin una aparente relación entre uno y otro.

En el segundo, sus caminos se van acercando hasta confluir en la representación de un proyecto ambicioso, y que constituye una verdadera apoteosis para todos los involucrados, con independencia de las frases que tengan asignadas en la representación. 

IV

La verdad es que me estoy conteniendo más de lo que había ideado. No quiero desvelar más a pesar de que mi inclinación es contártelo todo al detalle. Pero prefiero que seas tú quien descubra todos los tesoros escondidos en esta última función de Landero. Por eso, voy a compartir contigo algunas observaciones sobre la novela que, quizás, te ayuden a la hora de configurar una idea sobre ella y, de paso, sirvan para animarte a que la vivas en tu propia piel. Todos los apuntes que voy a compartir contigo comienzan con una certeza: la valía de esta novela no se encuentra en la historia en sí, que no es especialmente singular, sino en la inmensa cantidad de perlas que te ofrece mientras la lees. Te ofrezco a continuación algunas de las que he descubierto. 

Para mí, los capítulos tienen una dimensión perfecta: son cortitos y eso les confiere una gran agilidad. Están tan bien escritos que, si dejas esta lectura para embarcarte en otra (si la dispersión es el faro de tu vida), cuando quieras reengancharte, no se te hará cuesta arriba. Créeme. Aunque releas y conectes con frases, ideas, rincones que visitaste, te vas a quedar; volverás a ser acogida por “los viejitos narradores”, que te enseñarán de nuevo ese cuartito de la casa.

Las numerosas referencias a la literatura, al arte, a la filosofía… son una oportunidad del autor para mostrar sus conocimientos y, al mismo tiempo, una invitación para que no perdamos de vista a los clásicos, de los que se alimentó para parir lo que nos ofrece aquí y, como intuyo (y me atrevo a afirmar), en el resto de su producción. Con elegancia, con delicadeza, con ternura, pide que sean Tito, Galindo, Rufete o Andrés Cruz quienes hablen por él de sus preferencias.

Quisiera destacar la progresión de los personajes principales al adquirir nuevas identidades. Un ejemplo: Tito Gil avanza desde una “épica del fracasado”, que los narradores pondrán en los inicios de la narración en boca de uno de los personajes al referirse a su historia, hasta casi convertirse en una suerte de mesías. 

Junto con esto, me quedo también con esa admirable transformación de nuestra percepción como lectores a medida que van adquiriendo dimensión a lo largo del texto. Ha sido sobrecogedor observar el avance de mi posicionamiento ante el protagonista desde las primeras páginas (incluso sintiendo cierta compasión ante el tono burlesco al que era sometido) hasta llegar al punto de percibirlo, ya adentrándome en el segundo acto, como un hombre amplio, digno de admiración, humano en el más bello de los sentidos. Él es otro. Pero es que yo también soy otra. Todo un sortilegio.

A medida que leemos el segundo acto, se vuelve inevitable pensar en la inconsistencia de aplicar la gamificación a disciplinas como la pedagogía o la psicología cuando L. L. nos recuerda que recurrir a algo tan clásico y a la vez tan vivo como el teatro sigue siendo la elección más adecuada para lograr el desarrollo de la autonomía personal y, si me apuras, espiritual. No hay que inventar nada. El recurso de la obra dramática para recordarnos las posibilidades que tenemos como humanos en este escenario que es nuestra vida es incomparable: ya sea a través de la progresión en la identidad de los individuos, ya sea con la superposición de identidades (la chica tímida y apocada que es confundida con otra chica y que, asumida la confusión, adquiere la fortaleza anímica suficiente para desarrollar el destacado papel de la Santa Niña Rosalba). Es como una matrioska.

La bondad y la ternura con la que el escritor construye a todos y cada uno de los involucrados en esta historia, desde el más cercano hasta el más alejado del patio de butacas, merece un lugar en mis anotaciones. Me recuerda al tratamiento que hace Cervantes de Don Quijote y de Sancho Panza: cómo los va tejiendo, hasta levantarlos, casi separarlos del papel, como sujetos poliédricos.

Me atrae, también, en La última función, la forma en la que, en definitiva, me conecta con la identidad optimista que habita en mí y que me aporta esperanzas gracias a la forma que tiene el autor de ver el mundo, de proyectar una alternativa hermosa a una realidad caótica fuera de los límites hogareños que ofrece la lectura. 

Después de esta experiencia lectora, que siento que ha penetrado en mis células y ha dejado una huella tan fuerte hasta el punto de estar contándote lo que te cuento, me atrevo incluso, aunque no sea terapeuta, nutricionista ni médica, a prescribirte un ratito de Luis Landero cada día. Y si no tienes tiempo, un ratito semanal. Pero busca tu dosis. Porque este señor es medicina: no sé si servirá para la caída del cabello o para la fragilidad de la memoria, pero sin duda sí lo será para tu idioma, para tu intelecto…, para tu corazón.

 

Hablemos de aluminio

Este elemento que descubrimos en primaria junto a otros muchos en el mosaico de la tabla periódica, descontextualizado y deslavazado totalmente de nuestro entorno, y sin tener la más remota idea de su interacción con nuestro organismo (o eso recuerdo yo), resulta que aparece en los INCI de los muchos desodorantes que encuentras en el mercado: no solo en los de droguerías y perfumerías, sino también en farmacias, parafarmacias, y las marcas blancas que te ofrecen las grandes superficies. La promesa de un producto de higiene personal que prometía la antitranspiración, y la seguridad personal que trae esa situación, apareció en algún momento del siglo XX y llegó para quedarse.

Pero lo cierto es que hemos normalizado su presencia y, por ende, su función sin darle ni siquiera la oportunidad a que esa otra lección que aprendimos, también en ciencias naturales, relativa a la necesaria limpieza y detoxificación del cuerpo a través de las glándulas sudoríparas, calara en nosotros y nos hiciera darle una vueltita de tuerca a esta fechoría que nos hacemos a nosotros mismos un día tras otro.

Si una función vital del cuerpo es desechar nuestras toxinas, y una de las vías más importantes es a través de la piel y, más en concreto, a través de las axilas (sin ni siquiera entrar a valorar el tipo de sustancia que usamos para ello), ¿cómo puede reaccionar nuestra fisiología ante eso?  Es una función indispensable, por pura lógica, para que el organismo pueda seguir desempeñando sus otros procesos que le/nos mantiene vivos. Como cualquier otro sistema, de hecho: si hay colapso, se acabó. Es lógico, ¿verdad?

Pues veamos. Resulta que el aluminio no es un elemento cándido e inocuo. Una somera revisión a la información disponible y más o menos accesible muestra su toxicidad y su relación con problemas pulmonares, inflamación, neurotoxicidad y coadyuvante en la metastatización de cáncer de mama, entre otras lindezas. Como para darle una vueltita.

Si estamos decididos a dejar de hacernos daños de esta manera, podemos identificarlo muy fácilmente en la etiqueta: Aluminum Chlorohydrate, Aluminum Zyrconium Tetrachlorohydrex Gly, Aluminum Zyrconium Tetrachlorohydrex Peg, Aluminum Potassium Sulfate, Aluminum Sesquichlorohydrate, Aluminum Bromide (este listado ha sido extraído de un post en Instagram de @danielaandre.toxic_expert)

No obstante, y disculpa que sea tan peñazo, este “elemento” (nótese el retintín) no suele venir solo. Con frecuencia tiene a su lado otros compañeros de dudoso beneficio para ti, y para mí, y que son, entre otros:

      • Parabenos
      • Triclosán
      • Siliconas (PEG+núm)
      • Parafina
      • Talco
      • Ingredientes etoxilados
      • Ftalatos (que está incluido muchas veces en la fórmula secreta de Parfum/Perfum/Fragance…)

Todos estos elementos tienen una función específica en la fórmula, pero de siete que te he enumerado, seis son derivados del petróleo. Otra vez, sin ir corriendo a la evidencia que puedas encontrar más o menos fácilmente: ¿qué crees que puede reportarte ponerte cada día petróleo en tu piel? Tu piel se lo “traga” todo y va directo al torrente sanguíneo…

De forma individual, obviamente, tienen su efecto. Imaginemos el supuesto en que un producto tuviera una formulación limpia pero con alguno de estos como polizón.  Pues ya ni te digo que los encuentres de fiesta en un mismo botecito…  Tienen una incuestionable acción sinérgica y  afectan directamente a tu sistema hormonal. Son considerados disruptores endocrinos. Es decir, alteran tus hormonas. Y recuerda (otra vez, por las clases de ciencias naturales) que son sustancias vitales para que la mayoría de los procesos que suceden en tu cuerpo se desarrollen normalmente. Pero de esto, si quieres, te hablo en otro post.

Para ir acabando, déjame apuntarte solo un detalle más. Toda esta información está súper accesible. Existe mucha evidencia sobre las consecuencias “devastadoras” de alimentarnos con cosmética convencional (sí, nos alimentamos también a través de la piel: se come y se bebe todo lo que se posa sobre ella), porque contiene elementos que destruyen nuestra salud.

Si quieres descubrir o profundizar, googlea a Nicolás Olea.

Ahora que tienes estas nuevas gafas, me despido recomendándote que dediques unos minutos a ojear los pasillos de las grandes superficies, e incluso de las farmacias, y detectes en sus repisas que la inmensa mayoría estos componentes (y si te prometen 0% aluminio, ahí estarán en el INCI los otros compañeros de la fiesta) se encuentran en sus productos.  Y date cuenta de cómo la gente viene y va, y lo añade a sus cestas y carritos de la compra como si nada, sin ser siquiera conscientes de sus implicaciones. Como las papas y otros snacks con sabor a jamón y a barbacoa, que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria ha declarado hace unas semanas como carcinogénico, pero que no será retirado hasta dentro de cinco años… ¿A qué esperamos? ¿A una resolución como esta en cinco o diez años, cuando la industria esté preparada para retirarlo?

Y también, ya sí que sí, te recuerdo que hay una alternativa mejor para ti y para tu piel. Que si eres mujer, POR FAVOR, busques cuanto antes una alternativa al aluminio (y descarta la piedra de alumbre, porque también es aluminio).

Cuida de tu cosmética y de tus productos de higiene personal.

Cuidar de tu cosmética es también cuidar de ti.