
La puerta no tenía pomo. Muro. La luz sugiere una ventana. Tomar esa salida, piensa mientras barre, la dejará nuevamente, y a oscuras, atrapada.

Por prescripción médica, la puerta no tenía pomo: aislamiento para contención eficaz ante crisis feroces. Colores neutros. Exposición a luz exterior. Estimulación cognitivo-motora con actividad repetitiva. Ambiente tranquilo y familiar.

La puerta no tenía pomo. Último recuerdo distorsionado registrado en su hipocampo antes de recibir un fuerte golpe en la cabeza con lámpara antigua. Efectivamente, nunca saldría de esa habitación.

Para que nadie al otro lado pudiera entrar y perturbarla, la puerta no tenía pomo. En su celda, las posibilidades eran infinitas, sin que nada cambiara.

Abandonada prematuramente, la niña intuyó que podrían tomar idéntica decisión, así que evitó ideas escapistas en las ocupantes de su casita de muñecas. Por eso, las puertas no tenían pomo.

Aquella epidemia había esquilmado la realidad. Al otro lado, nada ni nadie: en el barrio, en la calle, en la casa. Por eso, ya la puerta no tenía pomo.

La puerta no tenía pomo, ni las lámparas bombillas, ni la alcoba compañero, ni la biblioteca alegría, ni el día amanecer, ni ella alma.

La puerta no tenía pomo para no dejar escapar ningún recuerdo. Un chispazo trajo ese mensaje y obró en consecuencia. Ahora vive en una pecera que acicala cada tres segundos.

La puerta no tenía pomo por decisión unilateral e irrevocable. Aquella casa no permitiría que cenicienta la abandonara, dejándola huérfana de las mejores atenciones que jamás había recibido.
