Divagaciones ungueales

Había sufrido un corte, digamos, heterodoxo. Pensaba, furiosa: «Joder, humano: ¿es tan complicado seguir la línea? Corta justo por encima del límite entre lo rosadito y lo blanco. ¿No te sirvieron los años en el parvulario?»

A ella, que invierte enormes cantidades de energía por salir a flote. A ella, a la que la falta de colágeno no perdona porque cada vez es más complicado erigirse sobre sí misma. «Ya no soy lo que era», se dice. En mi etapa adolescente me veía tan fuerte y robusta… y podía campar a mis anchas y expresarme de forma auténtica. ¡Ah, qué tiempos! ¡Sin agua, sin calcetines, sin zapatos! ¡Casi como Dios me trajo al mundo!

Pero ahora, en esta etapa en que parece estar todo cambiando tanto, no le dan las fuerzas sino para mantenerse apenas a flote… La dureza de las condiciones se une al yugo de someterse, cada semana, a un nuevo tajo que la lleva una y otra vez al punto de partida. Acepta su sino. Aunque la frustración por temporadas asoma. Entonces piensa en que es injusto, que crecer forma parte de su naturaleza y que no debería aguantar imposiciones de nadie, pero claro… un ser considerado superior decide que hay un techo de cristal y que hasta ahí puede llegar. Con todo el potencial que encierra su cuerpo queratinoso. Maldita sea.

Y, bueno, sabe que sostener tanta mala sangre no le trae sino disgustos y grietas innecesarias (maldito estrés), y reconoce también esos instantes sosegados que ayudan a ver el otro lado de su deseo: el crecimiento desaforado que anhela también puede traer incomodidad. Crecer libre no casa con una horma calentita y mullida, y no trae sino desequilibrio al sistema del que forma parte, exponiéndose a sí misma y al engranaje a peligros innecesarios. Hay antecedentes: roces, cortes, golpes, inflamación, calambres… que obligan a forzar pisadas, y a rodillas soportando demasiado peso, y a caderas quejumbrosas que acarrean lo que no les toca, y a una columna con cargas desacostumbradas, y a saber cuántos hermanos más se ven involucrados en su comportamiento, confesémoslo, infantil y egoísta. La expansión no casa siempre con el destino, o simplemente, no se alinea con el colectivo.

Por eso, asume esta parte de su vida que, aunque no le entusiasma, le da la calma suficiente para dormir por las noches. Cortada, pulida, ajustada al calzado que la acoge, se siente, para qué negarlo, segura, cuidada, mimada por su comunidad… y por una fuerza más poderosa, que no puede explicar y que la integra como parte de un todo, y por lo que se siente bendecida. Aunque su protector le inflija tajos injustos con cadencia religiosa.

Pero sí, a veces cree que ese rayo innombrable que está por encima del humano que la contempla y la cercena, sábado sí y sábado también, le susurra: lucha ante la adversidad y conviértete, a cada milímetro conquistado a la gravedad, en esa uña fuerte y poderosa que sabes que puedes llegar a ser.