Hala, a gatear

Tengo días de mierda, muchos. En uno de tantos (de vacaciones, no te digo más), me cambió repentinamente la energía del cuerpo y mi percepción de la vida y sus posibilidades cuando se me ocurrió este pequeño proyecto. ¿Por qué no recrear platos de mi infancia para rescatar las vivencias positivas, y las personas asociadas a ella? Aquí destacaría la figura de mi madre, fantasma principal en mi obra de teatro, nutridora emocional y gastronómica. Pero, seamos francos, de mi casa no se libra casi ninguno. Puesto que el terreno de mi niñez es un empedrado decrépito, incómodo de transitar, y del que siempre vuelvo agotada, pensé que este ejercicio me ayudaría a impregnarme de sabrosos instantes, y a neutralizar tanta hiel mal digerida. Al fin y al cabo, lo pienso casi cada día, no elegí estar aquí. Y si no hago por desenredarme de este laberinto de pensamientos, voy a permanecer congelada en este instante para siempre. Con tendencia a ser estatua, realizar un movimiento, aunque sea errático y sin ninguna base en experiencias de otros, es ya abrir un camino. Así que aquí estoy, cuerpo a tierra y empezando el gateo.

Un hada llamada Carol

Tengo un secreto que contarte: Carol es un hada… pero un hada algo particular. ¿Que cómo es eso? Acércate, que te cuento. Olvida tus ideas preconcebidas o al menos inténtalo. Para empezar… te diría que si te viene a la cabeza un personaje como el de Campanilla, de Peter Pan, diminuta, delicada y caprichosa, te deshagas de esa imagen: esta es una una criatura fuerte, valiente y resiliente. Y tal vez tampoco te guste escuchar esto, pero si vas en su busca no se aliará contigo para construir una fantasía u obrar un cambio inmediato y milagroso; más bien, esparcirá dulcemente su magia para que abras tus ojos y veas. Tomará, además, de la naturaleza el color que más resuene con tu cromatismo mental para que sientas que habla tu mismo lenguaje. Solo eso podría explicar que haya diseñado un pequeño “bosque” del que nutrirse en el hogar que ha creado para sí y para su familia aquí, en el mundo de los mortales. Y no, tampoco vuela, pero créeme que no le hacen falta alas para llevarte de la mano por los insondables mundos de tu mente, tu cuerpo y tu espíritu. Y bueno, como habrás adivinado, no son polvitos brilli-brilli lo que alberga en su alforja, sino un montón de artilugios para ayudarte a viajar de su mano hacia todos tus territorios. Y otra cosa que de seguro te va a chocar es que, aunque inmensamente sabia, no es todopoderosa. Su amor no está reñido con su sensatez, que frena cualquier pretensión de querer acompañarnos a todas. Así que se rodea de otras hadas que puedan llegar a donde sus poderes no alcanzan todo su esplendor. Mientras, ella recupera fuerzas para dar lo mejor de sí, y al mismo tiempo, te enseña una gran lección de humildad y coherencia. ¿Que si es humana? Ya sabía yo que me harías esa pregunta. Que no, hazme caso… Bueno, no quiero convencerte. Compruébalo por ti misma. Toca a su puerta y déjate mecer. Y ya me contarás si eso que encuentras no es magia de la auténtica. Por supuesto, que esto quede entre nosotras, ¿vale?

Carol es «mi» psicóloga.

web: https://carolterapia.com/

instagram: @carolterapia._

e-mail: alquimia@carolterapia.com

El fantasma de mi madre mora (también) en mi Instagram

Desde que entré en esta aplicación, no he parado de ir a visitarla. De día o de noche. Desde fuera podría parecer que me da de comer, de beber, que me ofrece el oxígeno que respiro o que me da un sueldo. Las constantes injerencias al móvil, en la mayoría de las ocasiones, están conectadas a abrir esa ventanita que a cada segundo tiene un montón de información y contenido nuevo que ofrecerme, que me hace salir de mi vida para entrar en la de un montón de gente que (me creo que) existe tal y como se muestra. Colores y palabras, e ideas y pensamientos, y formas de vida y emociones… todo con la vista y el cerebro… y ningún sentido más, porque a ninguno puedo achucharle ni olerle ni acariciarle. Toda esa cascada inagotable de flashes y novedad me crea una sensación que no dista mucho de las que me dan cuando me apetece comerme una bolsa de papas o un trozo de chocolate. Chutes de dopamina.

Me he propuesto INFINIDAD de veces (en mi diario, o journal o morning pages, o como coño quieras llamarlo) dejarlo, pero sieeeeeeeeeeeeeeempre acabo con los dedos arrugados de estar macerándome en la piscina digital de Instagram. Hablar de piscinas y de dedos arrugados me ha conectado con dos cosas: el placer de disfrutar dentro del agua y mi madre.

Aún la recuerdo, desde la hamaca, diciéndome casi cada tarde, poco antes de que el sol se pusiera: “yaaaaaaaaaaaaa, sal yaaaaaaaaaaaaa del agua…” o tal vez esas no eran las palabras, mi entras disfrutábamos de días y días en un apartamento en el sur de la isla. Mi máxima aspiración cuando llegaban las vacaciones era ensoparme. Bucear, dar volteretas, tirarme de cabeza, de espaldas, de bomba… Qué más daba, mientras todo tuviera que ver con el agua.

Mi madre, esa mujer que lo acaparó todo. Que estaba siempre presente. Tal vez demasiado presente. Yo no tenía ojos para otra persona que no fuera ella. Y fue tanta la devoción que terminé sintiendo y pensando cosas sobre ella que jamás hubiese imaginado. Creo que todo el espacio lo llenaba ella, el suyo, el de otros, y también el mío, el que supuestamente es íntimo e infranqueable. Algo dentro de mí, algún pequeño ejército quiso defender ese reducto sagrado de mi identidad, y terminó cercándose con una muralla llena de concertinas para aquellos que osaron entrar en ese espacio. Supongo que ella sufrió las consecuencias, y por eso pasamos del todo a la nada. No obstante, antes de llegar a ese momento de entrar en guerra por defender el espacio ocupado, enraizó durante muchos años un profundo deseo de dejar de ser yo porque no era la otra. Muchos años “perdidos” en los que yo no pensé, no sentí, no miré ni vi ni escuché por mí. Muchas horas mirando hacia afuera, presa de los estímulos externos, convencida de que cuanto mejor imitara a mi modelo, más dejaría de ser algo que no me gustaba y me convirtiera, por arte de magia, en una réplica perfecta. No para ser feliz, sino para que otros me amaran como a ella. O, simplemente, para que otros me amaran como la amaba yo. Qué fortuna poder encontrar a alguien tan devoto de mí como yo era capaz de ser hacia ella.

Hace varios días, en plena borrachera digital, fui consciente de que mientras el tiempo se consume en un montón de tareas que (a veces creo) no me llevan a ningún lugar, entre ellas las verdaderamente ruidosas como la revisión incesante del feed de otros/as, el impulso de buscar a otras a las que adorar y soñar con imitar sigue estando presente. Horas y horas de babeo por los éxitos y vidas y creatividades y servicios de un montón de emprendedores, como si mi vida fuera estúpida, anodina, sin sentido, y las de todas ellas, y sus cerebros, todo una puta pasada. El comportamiento, también el mismo. Me aferro a algo externo mientras dejo de ocuparme de mi vida, en lo micro y en lo macro. De repente digo que qué preciosidad poder coser y hacer patrones y sacar dinero con algo que fuese mío, y aunque reconozca que me estoy dejando engatusar por el lifestyle de los creadores/artesanos y toda esa parafernalia, empiezo

a decirme que no, es que soy tonta, es que soy torpe, es que yo no tengo ni puta idea…. Un montón de mierdas dentro de otras mierdas. Y tanta basura que sale de esta cabeza me recuerda que sigo siendo la misma niña. Y que aún mi madre ocupa todo el espacio, hasta el de la piscina que yo colonizaba tardes enteras, aunque ella nunca se metiera porque siempre tenía frío. Repito el mismo comportamiento, lo que ahora no es una, sino cientos con la careta de mi madre, miles de vidas perfectas que hipnotizan mi mente y ponen mi mirada miope, cansada de mirar fuera de mí, mientras se pasan mis horas, mis días y semanas repitiéndome la misma basura. Así, sintiéndome miedosa y estúpida.

Mi madre murió hace diez años. Pero su espíritu sigue vivo. Y mora por los recovecos de Instagram.