Esclavitudes

De vuelta de las vacaciones. Retomo mi largo periodo laboral con todas sus rutinas. Entre ellas, cómo no, el cafecito de primera hora con los compañeros de oficina. Como si de un juego de baraja se tratase, en la mesa que hemos elegido sentarnos, por turnos, vamos exponiendo los asuntos que en ese momento asaltan nuestra mente y consideramos sugerentes y, a la vez, necesario soltar: noticias recién sacadas del horno, anécdotas de la tarde anterior, recuerdos con aires nostálgicos… Uno de los participantes aprovecha su tirada, un momento delgado de silencio entre temas de lo más superficiales, para evacuar su microrrelato.  Hay frustración, así que busca dejarse arropar por los asistentes. Seguramente, le habría estado zarandeando las tripas durante los últimos días: sus padres habían celebrado su cincuenta aniversario de bodas y uno de sus hermanos había decidido declinar la invitación. Nosotros ya habíamos oído hablar de ese hermano en otras ocasiones. Por tanto, ya en la mente de los oyentes estaba esbozado el personaje literario y sus inclinaciones. Así que regar sobre este terreno ya arado su indignación era una tarea cómoda y, tal vez, necesaria para él. Cómo se le ocurre dejar de acudir a algo tan importante, que solo se vive una vez, y con una excusa (aunque amable, según apunté internamente) de lo más peregrina: justo ese día (y no otro) tenía a un amigo en la isla de visita, y se había comprometido a acompañarle para conocer algo más la capital. ¿De verdad que no podía dejarlo para otra ocasión? ¿Eso era más importante que estar con su familia en un día tan especial, programado con tanta antelación? A ese amigo le podría hacer de anfitrión y guía turístico cualquier otro día. Él estaría para su amigo en ocasiones futuras pero no se cumplen cincuenta años de casados todos los días.

La rabia del compañero alcanzaba para verter ese asunto sobre la mesa de un café con personas con las que él mismo tenía diferentes grados de afinidad intelectual y emocional, pero su enfoque era tan irrefutable a sus ojos que inconscientemente intuía que atraería la comprensión y la confirmación de sus ideas por parte de los presentes.

Yo, que soy tan modosito, le escuchaba en silencio y en quietud. Me resistía a asentir con la cabeza antes de darle una oportunidad al personaje literario que estaba llamando a mi puerta, la imagen proyectada por mi mente de su hermano. Y aunque podía comprender los deseos del hablante por enderezar aquella voluntad exasperante, no me sentía especialmente incómodo en el asiento de ese hermano despegado que compartía lugar y conversación, tal vez en la avenida de la playa de Las Canteras, con su buen amigo, o pareja, o amiga…, en un restaurante, mientras disfrutaban juntos de las vistas.

Progresivamente, el volumen del sonido exterior va apagándose, a la par que comienzo a escuchar mis propias suposiciones sobre este monigote que está parando el tráfico de mis pensamientos comunes para dar paso a otros que se orientan hacia sí mismo y puedan ayudarle a salir del fango en que el presente lo está intentando hundir.

Puede ser que esa fantástica velada solo sea una demostración (más) de que este ser no quiere continuar con los compromisos porque la careta que sostiene le roba tanta energía que ni siquiera tiene fuerzas para superar los saludos de bienvenida; puede que se sienta tan confrontado con alguno, o con muchos de los que van a estar presentes en aquel evento familiar, que prefiera no compartir el mismo oxígeno; puede incluso que el muchacho sienta que se ahoga, y que el oxígeno que ocupan los espacios vacíos entre él y sus congéneres no le llegue… ,o que incluso haya desarrollado otro sistema respiratorio diferente, tal vez agallas, que haga incompatible la estancia en el mismo entorno (mejor seguir viviendo en un hábitat elegido que morir en un decorado forzado); puede que haya sido hechizado y que, cuando alguno de los miembros del círculo primario se comunica con él, se despliegue mágicamente en su cuerpo una sensación de frustración y ansiedad que paralice sus extremidades y le mantenga atado a su entorno conocido y seguro; puede que celebrar la resistencia de ese enlace matrimonial le lleve siempre a un por qué para el que no encuentre sino respuestas disparatadas; puede que nuestro amigo haya estado tanto tiempo fuera de ese zoológico que cada vez que vuelve con su especie de referencia es más difícil hablar el mismo idioma, o las palabras, las frases, los discursos, los marcos de referencia chocan tanto con los que ha aprendido fuera de ahí que puede incluso oír la fricción, como el sinestésico que puede oler colores o ver imágenes en los sonidos, aunque le resulta insoportable a sus oídos; puede que nuestro colega haya adquirido la sana costumbre de evitar lugares en los que el reloj se para y la mente se nubla, aunque sea el único al que le ocurre en su familia (o tal vez no… tan solo que si hay otros, aún no se han visto la piel bajo sus capas para reconocerse).

Aunque unas hipótesis pueden ser más absurdas que otras, lo cierto es que, sin respuestas, todas me llevan a otorgarle a mi personaje posibilidades de libertad, de elegir estar donde uno quiere, o necesita, más allá de las presiones de la sangre, las costumbres o del simple bienestar de los otros que, tal vez, son los que se sientan plenamente satisfechos con cumplir con las presiones de la sangre, la costumbre y el bienestar de los demás, y que no toleran que otros no respeten ese sagrado código.

El horario de oficina se encaminó sin darme cuenta de que me había trasladado a otra realidad en la que salvaba, desde este lado, a una amalgama etérea con forma humana, de la opresión de sus condicionamientos sociales. Y allá donde esté, tal vez, ese pobre muchacho ni sea pobre ni necesite ser rescatado. Habiendo actuado como lo hizo, puede que él no sea esclavo del círculo en torno a cuyas líneas los humanos deberíamos sentimos seguros, aceptados, amados; que ya su cuerpo no sea atraído por el imán ancestral de volver a ese centro porque escucha las señales internas que le gritan que, por ahí, ya no. Ya no vive esa paradoja de estar cómodo pero a la vez incómodo. Me parece admirable haber progresado hasta ese lugar de no sometimiento a pesar de que puedan surgir momentos de abismo. ¿O tal vez no los tenga?

No sé si el hermano de mi compañero (el ser tangible, al que tengo enfrente) contemplará como posibilidad que aquel ha vomitado sobre un grupo humano una versión poco halagüeña sobre él (el ser no tangible), y no sé tampoco si será consciente de lo revolucionario de su decisión de no hacer lo que se espera de él o de la luz que puede proyectar para el que ni siquiera sabe que vive a oscuras. Puestos a seguir con el símil de salvadores y salvados, este ser con el que comparto mesa representaría a las potentes fuerzas del contrato social intentando mantenernos a todos en el mismo raíl: el villano de esta historia. Y a mi querido chico valiente y desprovisto del yugo de la culpa y el rechazo del grupo de referencia, al héroe.

Dictado este pensamiento por mi mente, sonrío al verme sostenido por no sé qué a un palmo del suelo. El muchacho, libre en el mundo real, estará haciendo su día en este preciso momento, ajeno a su efecto en mí; pero su alter-ego, paradójicamente encadenado a mi mente, me susurra posibles perspectivas, aligerando el peso de las cajas en las que nos metemos a nosotros mismos y a los demás y que me tienen tan pegado al suelo y tan estrecho de miras. Como si flotara. No sé, creo que con este ejercicio de preguntas sin respuesta, además de retrasarme en la tarea, no he logrado salvar de la esclavitud a nadie. A quien han venido a salvar un poco es a mí.

Mi casa me ama

Esta mañana he salido de casa con una mezcla algo sucia de sensaciones, como cuando juntas colores inconexos en el godete de las acuarelas, después de una semana habitando exclusivamente sus rincones. Caí enferma. Por puro sentido común, no me he compartido en otras personas o en otros lugares, salvo cuando he acudido a las prescriptivas visitas médicas. He sido fiel, absolutamente fiel a este mi hogar. Y no sé si es por el decaimiento, o por el material que estoy leyendo, que en estos días he empezado a comprender su misión de acompañarme y arroparme. En especial, en estas últimas jornadas. Sí, mi casa, en sus cuartos, con su mobiliario y sus objetos. Algunos más apreciados y atendidos que otros, sí.  Sus paredes, alejándome de injerencias que erosionen mi salud, y todos los elementos que pueblan y hacen de su vacío un espacio en el que puedo hacer y ser yo misma. Todo me ha ayudado a ir recobrando la energía en fracciones diminutas e imperceptibles de tiempo. Mi hogar, mi mejor medicina, es mi tribu.

Y creo que eso explica que me haya sentido algo apenada al abandonarla.

Ya desde antes notaba mi cuerpo fuerte para salir al exterior, a pesar de que no se me antojaba el destino especialmente emocionante o divertido. Creía necesario probarme tras permanecer tanto guarecida y casi inmóvil, y daba igual la excusa. Además, también echaba en falta dejar que el sol posara sus rayos sobre mi piel. Tanto me he entregado, siendo yo una maniática con el protector solar aún en los días más encapotados, que había decidido salir con la piel desnuda de químicos. Solo por hoy, ¿eh? Que tú, Sol-Solito, eres un poquito tóxico, que tanto amor das que terminas haciendo daño.

Confieso que mi cuerpo, ya casi restablecido, aunque con un leve zumbido de náusea de fondo, ha comenzado a experimentar, también, cierta resistencia desde que he comenzado a quitarme el pijama. Mis miembros, obedientes a mis órdenes, han respondido pesados, lentos. Asearme, vestirme, disponer lo indispensable para aventurarme a la realidad que bulle extramuros no estaba siendo tan fluido como había imaginado. Un nudo en el estómago, además. Un nudo o un vacío que se iba abriendo a medida que iba acercándome al coche que me transportaría al otro lado. ¿Nostalgia? Hemos salido del garaje y no he podido evitar girar mi cabeza, sin perder de vista la fachada de mi edificio a medida que nos íbamos alejando.

Con el espacio ensanchándose entre mi piso, con toda mi familia inanimada ocupando sus posiciones, y yo, se iban evaporando las ataduras. Pero no dejo de pensar que, quizás, lejos de su mirada, mis compañeros sin latido habrían quedado macilentos, marchitos, sepia. O incluso habrían encontrado su particular forma de llorar mi ausencia, imaginando que no me volverían a ver nunca más. Querida casa, mientras seamos hogar una para la otra, siempre volveré a tu vientre. Salir es una manera de reforzar mis vínculos para querer siempre regresar.

Ejemplo

Las respuestas emocionales desproporcionadas a eventos externos que aparentemente no son peligrosas para nuestra supervivencia (que sería la expresión del trauma) pueden dar pistas de que algo en nosotros no va bien (ansiedad, depresión…). Esta lógica también podría aplicarse a la sucesión de pensamientos, bucles, historias desajustadas que se desencadenan a raíz de un evento y que son igualmente indicadores de que hay una percepción no equilibrada de una situación.

Al observarnos sufriendo esas reacciones emocionales y verbales desaforadas: 1. – en la inmediatez, no nos ayuda abusar de nosotros mismos, compararnos, ridiculizarnos, culparnos, insultarnos, o buscar una razón de por qué estamos sintiendo/pensando así, sino tirar de recursos para equilibrarnos de nuevo (respiración, anclaje en algún lugar del cuerpo cómodo, buscar una visión agradable, observar la sensación…); 2.- si nos proyectamos algo más allá del momento en que estamos sufriendo, nos ayudará hacernos la vida más fácil en la medida en que podamos hacerlo (expresar lo que sentimos en entornos seguros, parar una actividad que nos esté causando estrés u otras sensaciones desagradables, buscar actividades que nos den placer…).

Esta era, más o menos, la devolución que me daba C. al contarle que llevaba una semana sintiéndome cansada y poco apetente con mis rutinas, y que había decidido interrumpirlas. Después de explicarme cómo puedo darle espacio a lo que me está ocurriendo, usándose a sí misma de ejemplo, mantengo mi decisión de evitar exponerme a eventos que me perturban y que no quiero -y puedo- sostener. A ello creo que puedo añadir la acción interna de dejarme un poquito en paz:

  • Observar que busco desordenadamente actividades alternativas que llenen ese espacio y qué me pasa cuando lo hago. Y no hacer nada.
  • Dejar de echar mano de contenido de desarrollo personal para cubrir ese espacio vacío. O al menos dar ese espacio a la sensación corporal cuando la compulsión de buscar cosas que me intentan arreglar aparecen.
  • Dejar de decirme sibilinamente que nada de lo que hago “es importante”. Bueno, tal vez no pueda suprimir esos pensamientos tan fácilmente. Solo puedo estar atenta y darme cuenta de que lo hago, y ver qué me hace sentir.

Me gustaría tener a mano esta perla de la sesión y hacer uso siempre que pudiera necesitarla. Me reconocí en esa situación. Y puede que haya transitado ese estado más que una pequeña temporada. Tal vez llevo años manteniendo esas respuestas desajustadas ante la vida que me asusta.

Después de revisar este texto varias veces, he concluido que el descanso es un tema tabú. Es vergonzante sentirme cansada y sin ganas de hacer nada. Por eso, tal como compartí con C., suelo ignorar los mensajes que me envía el cuerpo pidiendo reposo, o no sucumbo a ellos durante demasiado tiempo. O cuando descanso no hay un diálogo conmigo demasiado cariñoso. (¿Cansada de qué, si no he hecho nada?).

Este no permitirse sentirme cansada está estrechamente relacionado con mi discurso de no hacer nunca nada importante. ¿Cómo voy a tener la necesidad de parar si no estoy dedicando energía a nada de valor? Por eso descansar está prohibido. Y quién sabe si por eso me siento agotada tan pronto y es por eso que me resulta tan fácil quedarme dormida a cualquier hora y en cualquier lugar…

Y es probable que eso también explique que cuando me marco tareas y no las hago, termine enfadada, o frustrada, o avergonzada, o un poco de todo. Para lo poquito que te exiges, y que encima no acabes ni esto…

Tal y como compartí con C., procuro no dejar libre de rutinas mis tardes porque tengo miedo de sucumbir durante demasiados días a no hacer nada y caer en oscuridad, bucles y victimización. Y ella me ha dicho que eso es una memoria del pasado, y que lo justo es que haga caso a mi cuerpo, que valide lo que siento y que pare cuando me lo pida. Así que eso es lo que estoy haciendo. Estoy probando a descansar desde la escucha y el reconocimiento y no desde la vergüenza y la frustración. Se trata de hacer lo mismo que hacía antes pero desde una perspectiva diferente, en la que no hacen falta méritos para parar.

C. me dice que las respuestas de nuestros sistemas, aunque incómodas, tienen una razón de ser: aparecieron en su momento y se quedaron para protegernos de una realidad (percibida) peligrosa. Demostrar que no soy una «gandula», aparentar que estoy en constante actividad y hablarme mal por no llegar a un supuesto canon no me sirve (¿para que me quiera quién? ¿para que me acepte quién?). Ya no es necesario seguir autorindiendo cuentas para darme el permiso de escuchar y atender las demandas de mi cuerpo.

Herencias

Tengo miedo. Y creo que es señor de mis huesos, ligamentos, vísceras y tejidos desde hace muchos años. Tomo un mantra —“confío en las decisiones que tomo en mi vida”— que ha llegado a mi vida por sugerencia de un agente externo al que me acerqué en busca de un poco de orientación. El cuerpo es alucinante. Lo digo ahora, con mi voz, en mi cabeza. Lo escucho, atronador, en el silencio de mi mente. Esas palabras preciosas producen en mi estómago cosquillitas. Pero ¿qué potencia puede tener una energía tan sutil y momentánea cuando mi cuerpo está marcado por las miles de sacudidas que el miedo ha producido a lo largo de cuarenta años de vida?

Hoy he leído un post de una mujer neurocientífica que informaba sobre  un estudio del año 2016 en el que se apuntaba que las víctimas del Holocausto habían sufrido cambios epigenéticos a raíz de sus experiencias de dolor y trauma, hasta el punto de alterar ciertos rasgos genéticos en sus descendientes. (¿Habrían tenido vástagos de tener alguna noción sobre esto?) El propósito de su observación, ahora que vivimos momentos de tanta incertidumbre con el conflicto entre Ucrania y Rusia, es hacernos corresponsables como humanidad del trato que reciben las víctimas directas de las guerras, de su proyección tan fulminante, que alcanza más allá de los que la viven y la sobreviven. Y que esos progenitores y sus linajes seguirán con nosotros con un dolor enquistado en sus células; y que desarrollarán una vida con otros humanos, que también sentirán ese sufrimiento, bien directa o indirectamente… 

Sus palabras me conectaron enseguida con mi primer antepasado migrante: mi bisabuelo paterno. Un rumano que salió de su país de forma ilegal siendo joven —creo recordar que me contó un pariente— escapando de no sé qué. Y pienso que ese señor, al que nunca conocí, tendría miedo; miedo, al menos, de quedarse donde estaba porque no tenía qué ganar ni qué perder. En consecuencia, se jugó su vida. ¿O no? ¿Y si tenía algo que perder? ¿Habría dejado una familia atrás? Si no sentía atadura a una patria ¿dejaría atrás con dolor (o alivio) una tribu emocional? ¿Le empujó un sentido de la responsabilidad por algo más grande que él o dio el salto por puro instinto de supervivencia?

No sé qué ocurría en Rumanía durante el primer tercio del siglo XX (ni tampoco he tenido mucho interés por saberlo), pero intuyo que el individuo que atravesaba la historia de su país, que en este caso era mi bisabuelo, tuvo que sentir miedo. No sé si, además, estaría siendo perseguido por alguna condición chirriante en el contexto, tiempo y lugar que le tocó existir: etnia, religión, conducta (cívica/incívica-moral/inmoral)… No sé cuánto miedo sintió, pero al menos fue movilizador y no paralizante, como el que me permite articular mis dedos y, con ello, mi discurso. ¿Tal vez ese miedo que él sentía estaba ya recorriendo el torrente de su sangre desde que fue concebido por su madre? 

Y, por eso, me pregunto si este profundo miedo que siento a estar y a existir no estuviera en mí antes de que yo estuviera aquí. ¿Acaso soy heredera de todo ese flujo de miedo que pudo empujar al primer Franz a llegar a esta tierra? Observo a los miembros más cercanos de mi familia y no detecto que esta huella sea tan profunda en ellos como en mí.

¿Podría afirmar tajantemente que mis hermanos o mis padres nunca han tenido miedo? Claro que no. ¿Cómo sé que no tienen tanto miedo como yo? Esa pregunta no la puedo contestar. No tengo un medidor de intensidad de miedo en los cuerpos, pero sí puedo observar las manifestaciones que esta emoción provoca en mí, y que no veo en ellos.

Considero que lo básico en un ser humano para poder estar en el mundo es poder interactuar con otros. ¿Cómo decidirás quedarte o irte si no sabes quién soy? ¿Y cómo sabes quién soy si no interactúo contigo? Esto, que es esencial, es algo que he intentado evitar desde que yo recuerdo.

No tengo recuerdos de identificar en mí una voz personal. He sido criada en un ambiente familiar cohesionado y protector, pero poco flexible, poco dado a la conversación, a la libertad de pensamiento. Tener opinión propia no era algo importante para mí, creo que básicamente para evitar el rechazo. De hecho, no tengo ni puñetera idea de cómo formar una opinión ni de cómo exponerla a quienes tengo enfrente. Me siento siempre yerma de argumentos, sean sólidos o no.

También me he dado cuenta, desde muy temprana edad, que no soy capaz de reaccionar naturalmente a las interlocuciones. Me quedo literalmente en blanco. Mi cerebro se para. Stop. Nada. Ante preguntas que, a mi parecer, enjuician o que considero desestabilizadoras, hay vacío y, en consecuencia, no contesto u ofrezco respuestas maquilladas. Y, por supuesto, cuando se da un conflicto, me domina la amígdala, y aunque mi cuerpo está, mi cerebro huye desde que ha empezado a notar el peligro.

Mi expresión verbal, cuando brota en situaciones estresantes, es desordenada. En esos momentos no soy capaz de conectar ideas de peso porque no tengo capacidad reflexiva. Ni en caliente, ni en frío. Los argumentos que pueda emitir sobre algún tema terminan siendo raquíticos. Si, por lo general, me hablo poco a mí misma, si interiormente siento que no tengo un discurso ordenado propio, ¿cómo espero que florezca cuando lo he de formular al exterior?

Doy respuestas complacientes a personas que me importan porque me disgusta la idea de perderlas con alguna contestación que no les agrade o porque me perturba la certeza de que están evaluándome. Quizás por eso, de una manera automática, pido perdón constantemente.

Panorama desolador, lo sé; aunque, ¿panorama desolador? No hay muchas esperanzas si me ciño al factor puramente hereditario, aunque no creo que, exclusivamente, este sea el responsable de ese miedo que siento ancestral, puesto que es admisible considerar que otros acontecimientos han marcado mi historia y, tal vez, han propiciado que este compañero de viaje tenga una forma de ser que, quizás, no se parezca a la del rumano que se lanzó a cruzar, casi de punta a punta, el continente europeo.

Si el miedo es un equipaje familiar o el resultado de zarandeos vitales (o una mezcla de las dos), yo creo que me he quedado con la parte menos agradable de esta herencia; pero tanto terror a tantas cosas y tanta ausencia de voz mal resuelta, tal vez me ha ayudado a tomar una de las mejores decisiones de mi vida: no dejarme engatusar por el instinto de perpetuación de la especie. Que cada uno sienta y exprese el miedo como pueda o como sepa; yo me encargo de arropar al mío y de no propagar su mal. 

Hala, a gatear

Tengo días de mierda, muchos. En uno de tantos (de vacaciones, no te digo más), me cambió repentinamente la energía del cuerpo y mi percepción de la vida y sus posibilidades cuando se me ocurrió este pequeño proyecto. ¿Por qué no recrear platos de mi infancia para rescatar las vivencias positivas, y las personas asociadas a ella? Aquí destacaría la figura de mi madre, fantasma principal en mi obra de teatro, nutridora emocional y gastronómica. Pero, seamos francos, de mi casa no se libra casi ninguno. Puesto que el terreno de mi niñez es un empedrado decrépito, incómodo de transitar, y del que siempre vuelvo agotada, pensé que este ejercicio me ayudaría a impregnarme de sabrosos instantes, y a neutralizar tanta hiel mal digerida. Al fin y al cabo, lo pienso casi cada día, no elegí estar aquí. Y si no hago por desenredarme de este laberinto de pensamientos, voy a permanecer congelada en este instante para siempre. Con tendencia a ser estatua, realizar un movimiento, aunque sea errático y sin ninguna base en experiencias de otros, es ya abrir un camino. Así que aquí estoy, cuerpo a tierra y empezando el gateo.

Un hada llamada Carol

Tengo un secreto que contarte: Carol es un hada… pero un hada algo particular. ¿Que cómo es eso? Acércate, que te cuento. Olvida tus ideas preconcebidas o al menos inténtalo. Para empezar… te diría que si te viene a la cabeza un personaje como el de Campanilla, de Peter Pan, diminuta, delicada y caprichosa, te deshagas de esa imagen: esta es una una criatura fuerte, valiente y resiliente. Y tal vez tampoco te guste escuchar esto, pero si vas en su busca no se aliará contigo para construir una fantasía u obrar un cambio inmediato y milagroso; más bien, esparcirá dulcemente su magia para que abras tus ojos y veas. Tomará, además, de la naturaleza el color que más resuene con tu cromatismo mental para que sientas que habla tu mismo lenguaje. Solo eso podría explicar que haya diseñado un pequeño “bosque” del que nutrirse en el hogar que ha creado para sí y para su familia aquí, en el mundo de los mortales. Y no, tampoco vuela, pero créeme que no le hacen falta alas para llevarte de la mano por los insondables mundos de tu mente, tu cuerpo y tu espíritu. Y bueno, como habrás adivinado, no son polvitos brilli-brilli lo que alberga en su alforja, sino un montón de artilugios para ayudarte a viajar de su mano hacia todos tus territorios. Y otra cosa que de seguro te va a chocar es que, aunque inmensamente sabia, no es todopoderosa. Su amor no está reñido con su sensatez, que frena cualquier pretensión de querer acompañarnos a todas. Así que se rodea de otras hadas que puedan llegar a donde sus poderes no alcanzan todo su esplendor. Mientras, ella recupera fuerzas para dar lo mejor de sí, y al mismo tiempo, te enseña una gran lección de humildad y coherencia. ¿Que si es humana? Ya sabía yo que me harías esa pregunta. Que no, hazme caso… Bueno, no quiero convencerte. Compruébalo por ti misma. Toca a su puerta y déjate mecer. Y ya me contarás si eso que encuentras no es magia de la auténtica. Por supuesto, que esto quede entre nosotras, ¿vale?

Carol es «mi» psicóloga.

web: https://carolterapia.com/

instagram: @carolterapia._

e-mail: alquimia@carolterapia.com

El fantasma de mi madre mora (también) en mi Instagram

Desde que entré en esta aplicación, no he parado de ir a visitarla. De día o de noche. Desde fuera podría parecer que me da de comer, de beber, que me ofrece el oxígeno que respiro o que me da un sueldo. Las constantes injerencias al móvil, en la mayoría de las ocasiones, están conectadas a abrir esa ventanita que a cada segundo tiene un montón de información y contenido nuevo que ofrecerme, que me hace salir de mi vida para entrar en la de un montón de gente que (me creo que) existe tal y como se muestra. Colores y palabras, e ideas y pensamientos, y formas de vida y emociones… todo con la vista y el cerebro… y ningún sentido más, porque a ninguno puedo achucharle ni olerle ni acariciarle. Toda esa cascada inagotable de flashes y novedad me crea una sensación que no dista mucho de las que me dan cuando me apetece comerme una bolsa de papas o un trozo de chocolate. Chutes de dopamina.

Me he propuesto INFINIDAD de veces (en mi diario, o journal o morning pages, o como coño quieras llamarlo) dejarlo, pero sieeeeeeeeeeeeeeempre acabo con los dedos arrugados de estar macerándome en la piscina digital de Instagram. Hablar de piscinas y de dedos arrugados me ha conectado con dos cosas: el placer de disfrutar dentro del agua y mi madre.

Aún la recuerdo, desde la hamaca, diciéndome casi cada tarde, poco antes de que el sol se pusiera: “yaaaaaaaaaaaaa, sal yaaaaaaaaaaaaa del agua…” o tal vez esas no eran las palabras, mi entras disfrutábamos de días y días en un apartamento en el sur de la isla. Mi máxima aspiración cuando llegaban las vacaciones era ensoparme. Bucear, dar volteretas, tirarme de cabeza, de espaldas, de bomba… Qué más daba, mientras todo tuviera que ver con el agua.

Mi madre, esa mujer que lo acaparó todo. Que estaba siempre presente. Tal vez demasiado presente. Yo no tenía ojos para otra persona que no fuera ella. Y fue tanta la devoción que terminé sintiendo y pensando cosas sobre ella que jamás hubiese imaginado. Creo que todo el espacio lo llenaba ella, el suyo, el de otros, y también el mío, el que supuestamente es íntimo e infranqueable. Algo dentro de mí, algún pequeño ejército quiso defender ese reducto sagrado de mi identidad, y terminó cercándose con una muralla llena de concertinas para aquellos que osaron entrar en ese espacio. Supongo que ella sufrió las consecuencias, y por eso pasamos del todo a la nada. No obstante, antes de llegar a ese momento de entrar en guerra por defender el espacio ocupado, enraizó durante muchos años un profundo deseo de dejar de ser yo porque no era la otra. Muchos años “perdidos” en los que yo no pensé, no sentí, no miré ni vi ni escuché por mí. Muchas horas mirando hacia afuera, presa de los estímulos externos, convencida de que cuanto mejor imitara a mi modelo, más dejaría de ser algo que no me gustaba y me convirtiera, por arte de magia, en una réplica perfecta. No para ser feliz, sino para que otros me amaran como a ella. O, simplemente, para que otros me amaran como la amaba yo. Qué fortuna poder encontrar a alguien tan devoto de mí como yo era capaz de ser hacia ella.

Hace varios días, en plena borrachera digital, fui consciente de que mientras el tiempo se consume en un montón de tareas que (a veces creo) no me llevan a ningún lugar, entre ellas las verdaderamente ruidosas como la revisión incesante del feed de otros/as, el impulso de buscar a otras a las que adorar y soñar con imitar sigue estando presente. Horas y horas de babeo por los éxitos y vidas y creatividades y servicios de un montón de emprendedores, como si mi vida fuera estúpida, anodina, sin sentido, y las de todas ellas, y sus cerebros, todo una puta pasada. El comportamiento, también el mismo. Me aferro a algo externo mientras dejo de ocuparme de mi vida, en lo micro y en lo macro. De repente digo que qué preciosidad poder coser y hacer patrones y sacar dinero con algo que fuese mío, y aunque reconozca que me estoy dejando engatusar por el lifestyle de los creadores/artesanos y toda esa parafernalia, empiezo

a decirme que no, es que soy tonta, es que soy torpe, es que yo no tengo ni puta idea…. Un montón de mierdas dentro de otras mierdas. Y tanta basura que sale de esta cabeza me recuerda que sigo siendo la misma niña. Y que aún mi madre ocupa todo el espacio, hasta el de la piscina que yo colonizaba tardes enteras, aunque ella nunca se metiera porque siempre tenía frío. Repito el mismo comportamiento, lo que ahora no es una, sino cientos con la careta de mi madre, miles de vidas perfectas que hipnotizan mi mente y ponen mi mirada miope, cansada de mirar fuera de mí, mientras se pasan mis horas, mis días y semanas repitiéndome la misma basura. Así, sintiéndome miedosa y estúpida.

Mi madre murió hace diez años. Pero su espíritu sigue vivo. Y mora por los recovecos de Instagram.