Esclavitudes

De vuelta de las vacaciones. Retomo mi largo periodo laboral con todas sus rutinas. Entre ellas, cómo no, el cafecito de primera hora con los compañeros de oficina. Como si de un juego de baraja se tratase, en la mesa que hemos elegido sentarnos, por turnos, vamos exponiendo los asuntos que en ese momento asaltan nuestra mente y consideramos sugerentes y, a la vez, necesario soltar: noticias recién sacadas del horno, anécdotas de la tarde anterior, recuerdos con aires nostálgicos… Uno de los participantes aprovecha su tirada, un momento delgado de silencio entre temas de lo más superficiales, para evacuar su microrrelato.  Hay frustración, así que busca dejarse arropar por los asistentes. Seguramente, le habría estado zarandeando las tripas durante los últimos días: sus padres habían celebrado su cincuenta aniversario de bodas y uno de sus hermanos había decidido declinar la invitación. Nosotros ya habíamos oído hablar de ese hermano en otras ocasiones. Por tanto, ya en la mente de los oyentes estaba esbozado el personaje literario y sus inclinaciones. Así que regar sobre este terreno ya arado su indignación era una tarea cómoda y, tal vez, necesaria para él. Cómo se le ocurre dejar de acudir a algo tan importante, que solo se vive una vez, y con una excusa (aunque amable, según apunté internamente) de lo más peregrina: justo ese día (y no otro) tenía a un amigo en la isla de visita, y se había comprometido a acompañarle para conocer algo más la capital. ¿De verdad que no podía dejarlo para otra ocasión? ¿Eso era más importante que estar con su familia en un día tan especial, programado con tanta antelación? A ese amigo le podría hacer de anfitrión y guía turístico cualquier otro día. Él estaría para su amigo en ocasiones futuras pero no se cumplen cincuenta años de casados todos los días.

La rabia del compañero alcanzaba para verter ese asunto sobre la mesa de un café con personas con las que él mismo tenía diferentes grados de afinidad intelectual y emocional, pero su enfoque era tan irrefutable a sus ojos que inconscientemente intuía que atraería la comprensión y la confirmación de sus ideas por parte de los presentes.

Yo, que soy tan modosito, le escuchaba en silencio y en quietud. Me resistía a asentir con la cabeza antes de darle una oportunidad al personaje literario que estaba llamando a mi puerta, la imagen proyectada por mi mente de su hermano. Y aunque podía comprender los deseos del hablante por enderezar aquella voluntad exasperante, no me sentía especialmente incómodo en el asiento de ese hermano despegado que compartía lugar y conversación, tal vez en la avenida de la playa de Las Canteras, con su buen amigo, o pareja, o amiga…, en un restaurante, mientras disfrutaban juntos de las vistas.

Progresivamente, el volumen del sonido exterior va apagándose, a la par que comienzo a escuchar mis propias suposiciones sobre este monigote que está parando el tráfico de mis pensamientos comunes para dar paso a otros que se orientan hacia sí mismo y puedan ayudarle a salir del fango en que el presente lo está intentando hundir.

Puede ser que esa fantástica velada solo sea una demostración (más) de que este ser no quiere continuar con los compromisos porque la careta que sostiene le roba tanta energía que ni siquiera tiene fuerzas para superar los saludos de bienvenida; puede que se sienta tan confrontado con alguno, o con muchos de los que van a estar presentes en aquel evento familiar, que prefiera no compartir el mismo oxígeno; puede incluso que el muchacho sienta que se ahoga, y que el oxígeno que ocupan los espacios vacíos entre él y sus congéneres no le llegue… ,o que incluso haya desarrollado otro sistema respiratorio diferente, tal vez agallas, que haga incompatible la estancia en el mismo entorno (mejor seguir viviendo en un hábitat elegido que morir en un decorado forzado); puede que haya sido hechizado y que, cuando alguno de los miembros del círculo primario se comunica con él, se despliegue mágicamente en su cuerpo una sensación de frustración y ansiedad que paralice sus extremidades y le mantenga atado a su entorno conocido y seguro; puede que celebrar la resistencia de ese enlace matrimonial le lleve siempre a un por qué para el que no encuentre sino respuestas disparatadas; puede que nuestro amigo haya estado tanto tiempo fuera de ese zoológico que cada vez que vuelve con su especie de referencia es más difícil hablar el mismo idioma, o las palabras, las frases, los discursos, los marcos de referencia chocan tanto con los que ha aprendido fuera de ahí que puede incluso oír la fricción, como el sinestésico que puede oler colores o ver imágenes en los sonidos, aunque le resulta insoportable a sus oídos; puede que nuestro colega haya adquirido la sana costumbre de evitar lugares en los que el reloj se para y la mente se nubla, aunque sea el único al que le ocurre en su familia (o tal vez no… tan solo que si hay otros, aún no se han visto la piel bajo sus capas para reconocerse).

Aunque unas hipótesis pueden ser más absurdas que otras, lo cierto es que, sin respuestas, todas me llevan a otorgarle a mi personaje posibilidades de libertad, de elegir estar donde uno quiere, o necesita, más allá de las presiones de la sangre, las costumbres o del simple bienestar de los otros que, tal vez, son los que se sientan plenamente satisfechos con cumplir con las presiones de la sangre, la costumbre y el bienestar de los demás, y que no toleran que otros no respeten ese sagrado código.

El horario de oficina se encaminó sin darme cuenta de que me había trasladado a otra realidad en la que salvaba, desde este lado, a una amalgama etérea con forma humana, de la opresión de sus condicionamientos sociales. Y allá donde esté, tal vez, ese pobre muchacho ni sea pobre ni necesite ser rescatado. Habiendo actuado como lo hizo, puede que él no sea esclavo del círculo en torno a cuyas líneas los humanos deberíamos sentimos seguros, aceptados, amados; que ya su cuerpo no sea atraído por el imán ancestral de volver a ese centro porque escucha las señales internas que le gritan que, por ahí, ya no. Ya no vive esa paradoja de estar cómodo pero a la vez incómodo. Me parece admirable haber progresado hasta ese lugar de no sometimiento a pesar de que puedan surgir momentos de abismo. ¿O tal vez no los tenga?

No sé si el hermano de mi compañero (el ser tangible, al que tengo enfrente) contemplará como posibilidad que aquel ha vomitado sobre un grupo humano una versión poco halagüeña sobre él (el ser no tangible), y no sé tampoco si será consciente de lo revolucionario de su decisión de no hacer lo que se espera de él o de la luz que puede proyectar para el que ni siquiera sabe que vive a oscuras. Puestos a seguir con el símil de salvadores y salvados, este ser con el que comparto mesa representaría a las potentes fuerzas del contrato social intentando mantenernos a todos en el mismo raíl: el villano de esta historia. Y a mi querido chico valiente y desprovisto del yugo de la culpa y el rechazo del grupo de referencia, al héroe.

Dictado este pensamiento por mi mente, sonrío al verme sostenido por no sé qué a un palmo del suelo. El muchacho, libre en el mundo real, estará haciendo su día en este preciso momento, ajeno a su efecto en mí; pero su alter-ego, paradójicamente encadenado a mi mente, me susurra posibles perspectivas, aligerando el peso de las cajas en las que nos metemos a nosotros mismos y a los demás y que me tienen tan pegado al suelo y tan estrecho de miras. Como si flotara. No sé, creo que con este ejercicio de preguntas sin respuesta, además de retrasarme en la tarea, no he logrado salvar de la esclavitud a nadie. A quien han venido a salvar un poco es a mí.