Mi casa me ama

Esta mañana he salido de casa con una mezcla algo sucia de sensaciones, como cuando juntas colores inconexos en el godete de las acuarelas, después de una semana habitando exclusivamente sus rincones. Caí enferma. Por puro sentido común, no me he compartido en otras personas o en otros lugares, salvo cuando he acudido a las prescriptivas visitas médicas. He sido fiel, absolutamente fiel a este mi hogar. Y no sé si es por el decaimiento, o por el material que estoy leyendo, que en estos días he empezado a comprender su misión de acompañarme y arroparme. En especial, en estas últimas jornadas. Sí, mi casa, en sus cuartos, con su mobiliario y sus objetos. Algunos más apreciados y atendidos que otros, sí.  Sus paredes, alejándome de injerencias que erosionen mi salud, y todos los elementos que pueblan y hacen de su vacío un espacio en el que puedo hacer y ser yo misma. Todo me ha ayudado a ir recobrando la energía en fracciones diminutas e imperceptibles de tiempo. Mi hogar, mi mejor medicina, es mi tribu.

Y creo que eso explica que me haya sentido algo apenada al abandonarla.

Ya desde antes notaba mi cuerpo fuerte para salir al exterior, a pesar de que no se me antojaba el destino especialmente emocionante o divertido. Creía necesario probarme tras permanecer tanto guarecida y casi inmóvil, y daba igual la excusa. Además, también echaba en falta dejar que el sol posara sus rayos sobre mi piel. Tanto me he entregado, siendo yo una maniática con el protector solar aún en los días más encapotados, que había decidido salir con la piel desnuda de químicos. Solo por hoy, ¿eh? Que tú, Sol-Solito, eres un poquito tóxico, que tanto amor das que terminas haciendo daño.

Confieso que mi cuerpo, ya casi restablecido, aunque con un leve zumbido de náusea de fondo, ha comenzado a experimentar, también, cierta resistencia desde que he comenzado a quitarme el pijama. Mis miembros, obedientes a mis órdenes, han respondido pesados, lentos. Asearme, vestirme, disponer lo indispensable para aventurarme a la realidad que bulle extramuros no estaba siendo tan fluido como había imaginado. Un nudo en el estómago, además. Un nudo o un vacío que se iba abriendo a medida que iba acercándome al coche que me transportaría al otro lado. ¿Nostalgia? Hemos salido del garaje y no he podido evitar girar mi cabeza, sin perder de vista la fachada de mi edificio a medida que nos íbamos alejando.

Con el espacio ensanchándose entre mi piso, con toda mi familia inanimada ocupando sus posiciones, y yo, se iban evaporando las ataduras. Pero no dejo de pensar que, quizás, lejos de su mirada, mis compañeros sin latido habrían quedado macilentos, marchitos, sepia. O incluso habrían encontrado su particular forma de llorar mi ausencia, imaginando que no me volverían a ver nunca más. Querida casa, mientras seamos hogar una para la otra, siempre volveré a tu vientre. Salir es una manera de reforzar mis vínculos para querer siempre regresar.