Herencias

Tengo miedo. Y creo que es señor de mis huesos, ligamentos, vísceras y tejidos desde hace muchos años. Tomo un mantra —“confío en las decisiones que tomo en mi vida”— que ha llegado a mi vida por sugerencia de un agente externo al que me acerqué en busca de un poco de orientación. El cuerpo es alucinante. Lo digo ahora, con mi voz, en mi cabeza. Lo escucho, atronador, en el silencio de mi mente. Esas palabras preciosas producen en mi estómago cosquillitas. Pero ¿qué potencia puede tener una energía tan sutil y momentánea cuando mi cuerpo está marcado por las miles de sacudidas que el miedo ha producido a lo largo de cuarenta años de vida?

Hoy he leído un post de una mujer neurocientífica que informaba sobre  un estudio del año 2016 en el que se apuntaba que las víctimas del Holocausto habían sufrido cambios epigenéticos a raíz de sus experiencias de dolor y trauma, hasta el punto de alterar ciertos rasgos genéticos en sus descendientes. (¿Habrían tenido vástagos de tener alguna noción sobre esto?) El propósito de su observación, ahora que vivimos momentos de tanta incertidumbre con el conflicto entre Ucrania y Rusia, es hacernos corresponsables como humanidad del trato que reciben las víctimas directas de las guerras, de su proyección tan fulminante, que alcanza más allá de los que la viven y la sobreviven. Y que esos progenitores y sus linajes seguirán con nosotros con un dolor enquistado en sus células; y que desarrollarán una vida con otros humanos, que también sentirán ese sufrimiento, bien directa o indirectamente… 

Sus palabras me conectaron enseguida con mi primer antepasado migrante: mi bisabuelo paterno. Un rumano que salió de su país de forma ilegal siendo joven —creo recordar que me contó un pariente— escapando de no sé qué. Y pienso que ese señor, al que nunca conocí, tendría miedo; miedo, al menos, de quedarse donde estaba porque no tenía qué ganar ni qué perder. En consecuencia, se jugó su vida. ¿O no? ¿Y si tenía algo que perder? ¿Habría dejado una familia atrás? Si no sentía atadura a una patria ¿dejaría atrás con dolor (o alivio) una tribu emocional? ¿Le empujó un sentido de la responsabilidad por algo más grande que él o dio el salto por puro instinto de supervivencia?

No sé qué ocurría en Rumanía durante el primer tercio del siglo XX (ni tampoco he tenido mucho interés por saberlo), pero intuyo que el individuo que atravesaba la historia de su país, que en este caso era mi bisabuelo, tuvo que sentir miedo. No sé si, además, estaría siendo perseguido por alguna condición chirriante en el contexto, tiempo y lugar que le tocó existir: etnia, religión, conducta (cívica/incívica-moral/inmoral)… No sé cuánto miedo sintió, pero al menos fue movilizador y no paralizante, como el que me permite articular mis dedos y, con ello, mi discurso. ¿Tal vez ese miedo que él sentía estaba ya recorriendo el torrente de su sangre desde que fue concebido por su madre? 

Y, por eso, me pregunto si este profundo miedo que siento a estar y a existir no estuviera en mí antes de que yo estuviera aquí. ¿Acaso soy heredera de todo ese flujo de miedo que pudo empujar al primer Franz a llegar a esta tierra? Observo a los miembros más cercanos de mi familia y no detecto que esta huella sea tan profunda en ellos como en mí.

¿Podría afirmar tajantemente que mis hermanos o mis padres nunca han tenido miedo? Claro que no. ¿Cómo sé que no tienen tanto miedo como yo? Esa pregunta no la puedo contestar. No tengo un medidor de intensidad de miedo en los cuerpos, pero sí puedo observar las manifestaciones que esta emoción provoca en mí, y que no veo en ellos.

Considero que lo básico en un ser humano para poder estar en el mundo es poder interactuar con otros. ¿Cómo decidirás quedarte o irte si no sabes quién soy? ¿Y cómo sabes quién soy si no interactúo contigo? Esto, que es esencial, es algo que he intentado evitar desde que yo recuerdo.

No tengo recuerdos de identificar en mí una voz personal. He sido criada en un ambiente familiar cohesionado y protector, pero poco flexible, poco dado a la conversación, a la libertad de pensamiento. Tener opinión propia no era algo importante para mí, creo que básicamente para evitar el rechazo. De hecho, no tengo ni puñetera idea de cómo formar una opinión ni de cómo exponerla a quienes tengo enfrente. Me siento siempre yerma de argumentos, sean sólidos o no.

También me he dado cuenta, desde muy temprana edad, que no soy capaz de reaccionar naturalmente a las interlocuciones. Me quedo literalmente en blanco. Mi cerebro se para. Stop. Nada. Ante preguntas que, a mi parecer, enjuician o que considero desestabilizadoras, hay vacío y, en consecuencia, no contesto u ofrezco respuestas maquilladas. Y, por supuesto, cuando se da un conflicto, me domina la amígdala, y aunque mi cuerpo está, mi cerebro huye desde que ha empezado a notar el peligro.

Mi expresión verbal, cuando brota en situaciones estresantes, es desordenada. En esos momentos no soy capaz de conectar ideas de peso porque no tengo capacidad reflexiva. Ni en caliente, ni en frío. Los argumentos que pueda emitir sobre algún tema terminan siendo raquíticos. Si, por lo general, me hablo poco a mí misma, si interiormente siento que no tengo un discurso ordenado propio, ¿cómo espero que florezca cuando lo he de formular al exterior?

Doy respuestas complacientes a personas que me importan porque me disgusta la idea de perderlas con alguna contestación que no les agrade o porque me perturba la certeza de que están evaluándome. Quizás por eso, de una manera automática, pido perdón constantemente.

Panorama desolador, lo sé; aunque, ¿panorama desolador? No hay muchas esperanzas si me ciño al factor puramente hereditario, aunque no creo que, exclusivamente, este sea el responsable de ese miedo que siento ancestral, puesto que es admisible considerar que otros acontecimientos han marcado mi historia y, tal vez, han propiciado que este compañero de viaje tenga una forma de ser que, quizás, no se parezca a la del rumano que se lanzó a cruzar, casi de punta a punta, el continente europeo.

Si el miedo es un equipaje familiar o el resultado de zarandeos vitales (o una mezcla de las dos), yo creo que me he quedado con la parte menos agradable de esta herencia; pero tanto terror a tantas cosas y tanta ausencia de voz mal resuelta, tal vez me ha ayudado a tomar una de las mejores decisiones de mi vida: no dejarme engatusar por el instinto de perpetuación de la especie. Que cada uno sienta y exprese el miedo como pueda o como sepa; yo me encargo de arropar al mío y de no propagar su mal.