Hala, a gatear

Tengo días de mierda, muchos. En uno de tantos (de vacaciones, no te digo más), me cambió repentinamente la energía del cuerpo y mi percepción de la vida y sus posibilidades cuando se me ocurrió este pequeño proyecto. ¿Por qué no recrear platos de mi infancia para rescatar las vivencias positivas, y las personas asociadas a ella? Aquí destacaría la figura de mi madre, fantasma principal en mi obra de teatro, nutridora emocional y gastronómica. Pero, seamos francos, de mi casa no se libra casi ninguno. Puesto que el terreno de mi niñez es un empedrado decrépito, incómodo de transitar, y del que siempre vuelvo agotada, pensé que este ejercicio me ayudaría a impregnarme de sabrosos instantes, y a neutralizar tanta hiel mal digerida. Al fin y al cabo, lo pienso casi cada día, no elegí estar aquí. Y si no hago por desenredarme de este laberinto de pensamientos, voy a permanecer congelada en este instante para siempre. Con tendencia a ser estatua, realizar un movimiento, aunque sea errático y sin ninguna base en experiencias de otros, es ya abrir un camino. Así que aquí estoy, cuerpo a tierra y empezando el gateo.