Ejemplo

Las respuestas emocionales desproporcionadas a eventos externos que aparentemente no son peligrosas para nuestra supervivencia (que sería la expresión del trauma) pueden dar pistas de que algo en nosotros no va bien (ansiedad, depresión…). Esta lógica también podría aplicarse a la sucesión de pensamientos, bucles, historias desajustadas que se desencadenan a raíz de un evento y que son igualmente indicadores de que hay una percepción no equilibrada de una situación.

Al observarnos sufriendo esas reacciones emocionales y verbales desaforadas: 1. – en la inmediatez, no nos ayuda abusar de nosotros mismos, compararnos, ridiculizarnos, culparnos, insultarnos, o buscar una razón de por qué estamos sintiendo/pensando así, sino tirar de recursos para equilibrarnos de nuevo (respiración, anclaje en algún lugar del cuerpo cómodo, buscar una visión agradable, observar la sensación…); 2.- si nos proyectamos algo más allá del momento en que estamos sufriendo, nos ayudará hacernos la vida más fácil en la medida en que podamos hacerlo (expresar lo que sentimos en entornos seguros, parar una actividad que nos esté causando estrés u otras sensaciones desagradables, buscar actividades que nos den placer…).

Esta era, más o menos, la devolución que me daba C. al contarle que llevaba una semana sintiéndome cansada y poco apetente con mis rutinas, y que había decidido interrumpirlas. Después de explicarme cómo puedo darle espacio a lo que me está ocurriendo, usándose a sí misma de ejemplo, mantengo mi decisión de evitar exponerme a eventos que me perturban y que no quiero -y puedo- sostener. A ello creo que puedo añadir la acción interna de dejarme un poquito en paz:

  • Observar que busco desordenadamente actividades alternativas que llenen ese espacio y qué me pasa cuando lo hago. Y no hacer nada.
  • Dejar de echar mano de contenido de desarrollo personal para cubrir ese espacio vacío. O al menos dar ese espacio a la sensación corporal cuando la compulsión de buscar cosas que me intentan arreglar aparecen.
  • Dejar de decirme sibilinamente que nada de lo que hago “es importante”. Bueno, tal vez no pueda suprimir esos pensamientos tan fácilmente. Solo puedo estar atenta y darme cuenta de que lo hago, y ver qué me hace sentir.

Me gustaría tener a mano esta perla de la sesión y hacer uso siempre que pudiera necesitarla. Me reconocí en esa situación. Y puede que haya transitado ese estado más que una pequeña temporada. Tal vez llevo años manteniendo esas respuestas desajustadas ante la vida que me asusta.

Después de revisar este texto varias veces, he concluido que el descanso es un tema tabú. Es vergonzante sentirme cansada y sin ganas de hacer nada. Por eso, tal como compartí con C., suelo ignorar los mensajes que me envía el cuerpo pidiendo reposo, o no sucumbo a ellos durante demasiado tiempo. O cuando descanso no hay un diálogo conmigo demasiado cariñoso. (¿Cansada de qué, si no he hecho nada?).

Este no permitirse sentirme cansada está estrechamente relacionado con mi discurso de no hacer nunca nada importante. ¿Cómo voy a tener la necesidad de parar si no estoy dedicando energía a nada de valor? Por eso descansar está prohibido. Y quién sabe si por eso me siento agotada tan pronto y es por eso que me resulta tan fácil quedarme dormida a cualquier hora y en cualquier lugar…

Y es probable que eso también explique que cuando me marco tareas y no las hago, termine enfadada, o frustrada, o avergonzada, o un poco de todo. Para lo poquito que te exiges, y que encima no acabes ni esto…

Tal y como compartí con C., procuro no dejar libre de rutinas mis tardes porque tengo miedo de sucumbir durante demasiados días a no hacer nada y caer en oscuridad, bucles y victimización. Y ella me ha dicho que eso es una memoria del pasado, y que lo justo es que haga caso a mi cuerpo, que valide lo que siento y que pare cuando me lo pida. Así que eso es lo que estoy haciendo. Estoy probando a descansar desde la escucha y el reconocimiento y no desde la vergüenza y la frustración. Se trata de hacer lo mismo que hacía antes pero desde una perspectiva diferente, en la que no hacen falta méritos para parar.

C. me dice que las respuestas de nuestros sistemas, aunque incómodas, tienen una razón de ser: aparecieron en su momento y se quedaron para protegernos de una realidad (percibida) peligrosa. Demostrar que no soy una «gandula», aparentar que estoy en constante actividad y hablarme mal por no llegar a un supuesto canon no me sirve (¿para que me quiera quién? ¿para que me acepte quién?). Ya no es necesario seguir autorindiendo cuentas para darme el permiso de escuchar y atender las demandas de mi cuerpo.