El fantasma de mi madre mora (también) en mi Instagram

Desde que entré en esta aplicación, no he parado de ir a visitarla. De día o de noche. Desde fuera podría parecer que me da de comer, de beber, que me ofrece el oxígeno que respiro o que me da un sueldo. Las constantes injerencias al móvil, en la mayoría de las ocasiones, están conectadas a abrir esa ventanita que a cada segundo tiene un montón de información y contenido nuevo que ofrecerme, que me hace salir de mi vida para entrar en la de un montón de gente que (me creo que) existe tal y como se muestra. Colores y palabras, e ideas y pensamientos, y formas de vida y emociones… todo con la vista y el cerebro… y ningún sentido más, porque a ninguno puedo achucharle ni olerle ni acariciarle. Toda esa cascada inagotable de flashes y novedad me crea una sensación que no dista mucho de las que me dan cuando me apetece comerme una bolsa de papas o un trozo de chocolate. Chutes de dopamina.

Me he propuesto INFINIDAD de veces (en mi diario, o journal o morning pages, o como coño quieras llamarlo) dejarlo, pero sieeeeeeeeeeeeeeempre acabo con los dedos arrugados de estar macerándome en la piscina digital de Instagram. Hablar de piscinas y de dedos arrugados me ha conectado con dos cosas: el placer de disfrutar dentro del agua y mi madre.

Aún la recuerdo, desde la hamaca, diciéndome casi cada tarde, poco antes de que el sol se pusiera: “yaaaaaaaaaaaaa, sal yaaaaaaaaaaaaa del agua…” o tal vez esas no eran las palabras, mi entras disfrutábamos de días y días en un apartamento en el sur de la isla. Mi máxima aspiración cuando llegaban las vacaciones era ensoparme. Bucear, dar volteretas, tirarme de cabeza, de espaldas, de bomba… Qué más daba, mientras todo tuviera que ver con el agua.

Mi madre, esa mujer que lo acaparó todo. Que estaba siempre presente. Tal vez demasiado presente. Yo no tenía ojos para otra persona que no fuera ella. Y fue tanta la devoción que terminé sintiendo y pensando cosas sobre ella que jamás hubiese imaginado. Creo que todo el espacio lo llenaba ella, el suyo, el de otros, y también el mío, el que supuestamente es íntimo e infranqueable. Algo dentro de mí, algún pequeño ejército quiso defender ese reducto sagrado de mi identidad, y terminó cercándose con una muralla llena de concertinas para aquellos que osaron entrar en ese espacio. Supongo que ella sufrió las consecuencias, y por eso pasamos del todo a la nada. No obstante, antes de llegar a ese momento de entrar en guerra por defender el espacio ocupado, enraizó durante muchos años un profundo deseo de dejar de ser yo porque no era la otra. Muchos años “perdidos” en los que yo no pensé, no sentí, no miré ni vi ni escuché por mí. Muchas horas mirando hacia afuera, presa de los estímulos externos, convencida de que cuanto mejor imitara a mi modelo, más dejaría de ser algo que no me gustaba y me convirtiera, por arte de magia, en una réplica perfecta. No para ser feliz, sino para que otros me amaran como a ella. O, simplemente, para que otros me amaran como la amaba yo. Qué fortuna poder encontrar a alguien tan devoto de mí como yo era capaz de ser hacia ella.

Hace varios días, en plena borrachera digital, fui consciente de que mientras el tiempo se consume en un montón de tareas que (a veces creo) no me llevan a ningún lugar, entre ellas las verdaderamente ruidosas como la revisión incesante del feed de otros/as, el impulso de buscar a otras a las que adorar y soñar con imitar sigue estando presente. Horas y horas de babeo por los éxitos y vidas y creatividades y servicios de un montón de emprendedores, como si mi vida fuera estúpida, anodina, sin sentido, y las de todas ellas, y sus cerebros, todo una puta pasada. El comportamiento, también el mismo. Me aferro a algo externo mientras dejo de ocuparme de mi vida, en lo micro y en lo macro. De repente digo que qué preciosidad poder coser y hacer patrones y sacar dinero con algo que fuese mío, y aunque reconozca que me estoy dejando engatusar por el lifestyle de los creadores/artesanos y toda esa parafernalia, empiezo

a decirme que no, es que soy tonta, es que soy torpe, es que yo no tengo ni puta idea…. Un montón de mierdas dentro de otras mierdas. Y tanta basura que sale de esta cabeza me recuerda que sigo siendo la misma niña. Y que aún mi madre ocupa todo el espacio, hasta el de la piscina que yo colonizaba tardes enteras, aunque ella nunca se metiera porque siempre tenía frío. Repito el mismo comportamiento, lo que ahora no es una, sino cientos con la careta de mi madre, miles de vidas perfectas que hipnotizan mi mente y ponen mi mirada miope, cansada de mirar fuera de mí, mientras se pasan mis horas, mis días y semanas repitiéndome la misma basura. Así, sintiéndome miedosa y estúpida.

Mi madre murió hace diez años. Pero su espíritu sigue vivo. Y mora por los recovecos de Instagram.